• ¡Por qué no puedo parar de comer!

    ¡Por qué no puedo parar de comer!

    Sales de casa sin desayunar, comes a deshora y delante del ordenador. Cuando llegas a casa, picas compulsivamente mientras preparas la cena para los niños y después de acostarlos, engulles la tuya. Luego, cuando todos duermen, mientras repasas la agenda del día siguiente, asaltas la despensa en busca de chocolate.

    ¿A alguien le suena esto?

    Esta historia es muy común en la mayoría de hogares. De hecho, según datos de la OCDE, la obesidad ha crecido de manera alarmante en los últimos años en nuestro país. A día de hoy, uno de cada seis adultos españoles y tres de cada seis niños sufren obesidad.

    ¿Cuál es la razón de nuestros problemas de peso? ¿Por qué no podemos parar de comer?

    El control de la ingesta de alimentos se realiza mediante dos circuitos de regulación: uno es a corto plazo y en él intervienen señales originadas en el sistema digestivo, como consecuencia de la ingestión de alimentos. Dichas señales llegan al tronco cerebral y al hipotálamo, donde se integran y dan lugar a la sensación de saciedad.

    El segundo circuito de regulación es a largo plazo y está mediado principalmente por la hormona insulina y por la leptina, siendo ambas capaces de controlar la actividad de ciertas regiones hipotalámicas que darán lugar a cambios en el metabolismo energético y en el comportamiento alimentario.

    El problema es que nuestro metabolismo no funciona como nuestra temperatura corporal, que el cuerpo autorregula con los mecanismos necesarios para bajarla o subirla con el fin de preservarnos. Nuestro balance energético funciona de forma similar al de los osos, no compensa las calorías que ingerimos con las que gastamos, sino que guarda para un futuro en el que, supuestamente, habrá escasez de alimento. Pero, ¿por qué?

    Hoy en día tenemos costumbres culturales diferentes de las del pasado. Así que nuestro cerebro desarrolló estrategias para tener en cuenta nuestra situación presente y pasada, pero también para adelantarse a un futuro de escasez. Sin embargo, en la actualidad, tenemos cantidades ilimitadas de alimentos y en muchos casos (normalmente menos saludables) dotados de un aspecto y un sabor muy atractivo, al alcance de la mano en todo momento. Lo que ha cambiado definitivamente nuestra relación con la comida.

    Comemos por ansiedad, aburrimiento, rabia, ira, soledad, frustración, indecisión, culpa,… Usamos la comida para gestionar nuestras emociones, porque no tenemos o no encontramos otras herramientas.

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    Y es que si hay algo que la ciencia ha demostrado, es que la comida tiene un fuerte poder calmante. La ingesta de comidas azucaradas o con mucha grasa activa el mismo circuito cerebral de recompensa y placer que las drogas.

    El hambre es una necesidad fisiológica no selectiva. Deberíamos preguntarnos: ¿en este momento comería cualquier cosa (una ensalada, un plato de verduras,…) o tengo hambre de algo concreto (chocolate, fuet,…)? Así que, si nos apetece algo concreto, se debe a otra necesidad, posiblemente emocional.

    El papel de la Glucosa en la regulación de la ingesta.

    El hambre es una sensación general, localizada o proyectada en la región del estómago, que aparece con el estómago vacío y que desaparece después de llenarlo con alimentos, dando paso a la sensación de saciedad. La glucosa disuelta en la sangre juega un papel decisivo en la producción de la sensación de hambre. Una pequeña disminución en la concentración plasmática de glucosa provoca el inicio del acto de comer.

    Cuando disminuye la utilización de glucosa, disminuye la actividad del llamado centro de la saciedad, situado en el hipotálamo, con lo cual aparece la sensación de hambre, cuando se incrementa la glucosa, se desencadena la sensación de saciedad.

    Por otra parte, existen señales generadas durante la comida que contribuyen al cese del acto de comer. Estas señales son en su mayoría hormonas gastrointestinales, llamadas factores de saciedad, que forman parte del sistema de control que determina la magnitud de una comida una vez se ha iniciado ésta.

    Las personas tenemos la capacidad para modificar el patrón de comidas según las circunstancias en que nos encontramos con respecto a la disponibilidad de alimentos, la situación social o estímulos de otro tipo.

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    Ni el horario ni la ración de una comida están fijados, las personas pueden acomodarse dentro de un amplio espectro de posibilidades para mantener el balance energético. La capacidad de estos factores para modificar la cantidad de alimentos ingeridos está modulada, indirectamente, por la grasa corporal.

    A largo plazo, existen unos factores de saciedad relacionados directamente con el grado de desarrollo de la masa adiposa. El tamaño de los depósitos de grasa puede influir en el comportamiento alimentario diario. Un individuo delgado, al tener una baja secreción de leptina, será menos sensible a las señales que se generan mientras come, y sus comidas serán más copiosas. Por el contrario, una persona sobrealimentada será más sensible a estas señales y tendrá tendencia a comer menos.

    La grelina es una hormona que segrega el aparato digestivo. Su funcionamiento habitual es el de predisponer los diferentes órganos del aparato digestivo para la digestión de los alimentos, y es que al comer se segrega para hacer la digestión.
    El efecto que la grelina tiene en nuestro organismo es rápido y se caracteriza por unas ganas incontroladas de ingerir alimento. Curiosamente en las personas más delgadas que llevan a cabo dieta de adelgazamiento, se han detectado más niveles de esta hormona, ya que el hambre que pasan es mayor y el organismo incita más a ingerir alimentos; mientras que en las personas con sobrepeso se ha encontrado niveles inferiores de grelina.

    Es importante que mantengamos los niveles de esta hormona en parámetros normales, simplemente bastará con no pasar grandes periodos de tiempo sin ingerir alimento. Lo ideal es repartir las comidas en varias a lo largo del día, de modo que consumamos alimento cada tres o cuatro horas.

    5 de las razones más comunes por las que no puedes parar de comer.

    1. DESAYUNAS MAL. La primera comida del día debe incluir alimentos saciantes, como proteínas e hidratos de carbono. El desayuno determina la eficiencia del organismo para quemar las grasas de los alimentos consumidos el resto del día. Realiza un buen desayuno, así tendrás menos bajadas de los niveles de glucosa, lo que evitará que comas mal en la siguiente ingesta.

    2. TE HAS COMIDO UN BOLLO. Cualquier alimento rico en carbohidratos simples, como las galletas, los dónuts y la bollería industrial en general, producen un pico de insulina que neutraliza el azúcar en sangre y baja nuestros niveles de glucosa. Al detectarlo enseguida, el cuerpo que necesita esa glucosa para funcionar demanda la ingesta de más alimentos ricos en azúcares.

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    3. NO DUERMES BIEN. Cuando no descansamos de forma adecuada, los niveles de grelina en sangre suben, lo que aumenta las ganas de ingerir carbohidratos y otros alimentos calóricos. Además, la pérdida de sueño nos hace más vulnerables ante la tentación de comer dulces después de haber comido.

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    4. TIENES ESTRÉS. Cuando estamos estresados nuestras glándulas suprarrenales segregan cortisol, una sustancia que estimula la producción de insulina, Algo que si sucede de manera prolongada, produce aumento de peso. Además, el cortisol hace que retengamos más líquidos y reprime la actividad de la THS, la hormona que estimula el tiroides. Lo que nos puede producir un hipotiroidismo que nos haga engordar.

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    5. COMES MUY DEPRISA. Desde que comemos hasta que nuestro cerebro recibe la información de que lo hemos hecho y que estamos saciados pasan unos 20 minutos. Pero además, comer deprisa reduce la segregación de unas hormonas en el intestino que provocan la sensación de estar lleno. Algo que explicaría por qué el ritmo de vida acelerado ha incrementado las tasas de obesidad en la población.

    Y tú, ¿qué tipo de hambre tienes?

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